ÁRABE MASOQUISTA

Qué triste es pertenecer a una religión y a una cultura que proclama y exhibe la superioridad del hombre sobre la mujer.
Qué drama para mí, que pertenezco a esa cultura y soy un perro rastrero completamente sometido a las mujeres, un sumiso que sueña con que una de ellas, mi Ahma, mi ama, me pasee por el aduar, por las calles, con mi cadena de perro, delante de los otros hombres para que todos sean testigos de mi sometimiento, de mi humillación colectiva, y se burlen o me insulten, o incluso follen con mi Ahma, con mi ama, allí, en público, mientras ella me tiene atado por mi collar a cualquier palmera, a cualquier poste o a cualquier farola.
Yo no quiero un harén a mi servicio ni una mujer que me obedezca. Al contrario, me gustaría pertenecer a un harén de sumisos al servicio de una única ama.
Un ama que durante el día se pasease por las calles con su velo, ocultando su verdadera naturaleza, y que al llegar a casa se desnudase para disfrutar en secreto de su harén de sumisos.
Busco un ama así, que me domine y me humille. Sé que en mi cultura mi sueño de que ella haga en público lo que he dicho antes no se puede cumplir, pero me conformaría con encontrar a mi Ahma, a mi ama, para que en casa se invirtiesen los papeles y se transformase en mi dueña tratándome como el sumiso que soy.

Espero a esa ama, para ser feliz a sus pies.
Abdullah

LAS NAVIDADES PERFECTAS DEL SUMISO


Buen año 2014 a todos los seguidores del Blog y que encontréis el ama perfecta, gorda o flaca, para ser felices a sus pies.

EL MARIDO FEMINIZADO

—¿Qué coño estás haciendo? No me dejas oír la televisión con esos martillazos —le grité cabreado.
Ella no me hizo caso y siguió dando golpes.
Me giré y vi que estaba metiendo una cuña bajo la puerta para que no se pudiese abrir desde el exterior.
—¿Qué gilipollez estás haciendo?
Dejó el martillo, se acercó al televisor y lo apagó.
—¿Qué haces? —gruñí—. ¿Qué le pasa ahora a tu cerebro de mosquito?
Un poco nerviosa, me miró desafiante y de sus ojos saltaron chispas.
—Aquí el único que tiene un cerebro de mosquito eres tú, gilipollas. —rugió—. Estoy harta de cómo me tratas y esto se acabó.
Para disimular mi inquietud por su enfado le pregunté:
—¿Para que coño has puesto esa cuña en la puerta?
—Para que no me molesten mientras hago lo que voy a hacer.
—¿Y qué piensas hacer? —le dije con una sonrisa que trataba de disimular mi inquietud.
—Te voy a dar hostias hasta que te cagues encima.
Noté que mi seguridad se derrumbaba ante su furia agresiva.
—Hace tiempo que quería hacerlo para rebajar tus humos y tu impertinencia, pero a última hora me echaba atrás. Esta vez me has hartado y se acabó.
—No sé qué te pasa, pero…

—¡Cállate! —gritó—. Eres un soplapollas de mierda y te atreves a hablarme siempre como si la subnormal fuera yo. Soy tu mujer y merezco un respeto. Tengo una carrera y un trabajo mejor que el tuyo, que te pasas el día sentado diciendo gilipolleces. Me ridiculizas delante de mis amigas. Pero eso va a cambiar.
Me sentía cada vez más nervioso por su agresividad.
—No te enfades, cariño. Si he hecho algo mal…
—¿Si has hecho algo mal?... Desde que nos casamos me criticas por todo, hablas despectivamente y te burlas de mí y del resto de las mujeres, tú, que no tienes ni un trabajo estable y la mayor parte del tiempo tengo que mantenerte.
—Pero…
—¡Cállate!...
Hace unas semanas me di cuenta de que solo eres prepotente conmigo, porque cuando te enfrentas a una mujer físicamente fuerte o agresiva, metes el rabo entre las piernas y no te atreves a abrir la boca.
—No es verdad.
—Te he dicho que te calles, gilipollas —
 repitió y me pegó una fuerte bofetada que me dejó inmóvil por la sorpresa—. Comenté con Margot y Carol tu actitud...—¿Con esas tortilleras?
—Sí, con esas tortilleras que se partirán de risa cuando vean en qué voy a convertirte, porque te tengo guardada una sorpresa.
—¿Cuál?
—Primero, lucharemos tú y yo —dijo amenazadora.
—No quiero luchar.
—Pero yo sí —avanzó hacia mí.
—Pero yo no.
—Entonces me lo pondrás más fácil.
Estaba casi pegada a mí y me puse en pie procurando que no se me notase que me asustaba su agresividad. De súbito me pegó un rodillazo en los huevos. Me incliné con el dolor y entonces me pegó un puñetazo en la nariz que me llenó los ojos de lágrimas. Estaba empezando a acojonarme de verdad.
Me puse derecho y ella me pegó otro rodillazo en las pelotas, y cuando me doblé un nuevo puñetazo en la cara.
Aprovechó mi desconcierto para empujarme por detrás, tirarme al suelo boca bajo y ponerse sobre mi espalda mientras se reía por su triunfo.
No soy un hombre fuerte y en mis años de escolar nunca conseguía ganarles en una pelea a ninguno de mis compañeros, pero nunca pensé que una mujer pudiera vencerme.
Ella estaba a horcajadas encima de mí y se reía mientras se me escapaban algunas lágrimas por el dolor de los huevos y sobre todo por la humillación.
Sentada sobre mí, se sacó las medias y con ellas me ató las manos.
—Deja de lloriquear de una vez, puta maricona —me gritó—. ¡Y pensar que durante todo este tiempo te he tenido miedo!…
Aquello me cabreó.
—Cuando me sueltes te vas a enterar…

—¿Ah, sí?... Pues si quieres te suelto y empezamos la pelea, a ver si tienes huevos de tocarme, maricón. Dime, ¿quieres que te suelte y que te patee los cojones otra vez?
No contesté y ella se rió. Luego se levantó dejándome tumbado en el suelo boca abajo, buscó algo en el armario, volvió y me bajó los pantalones.
—¿Qué haces? —le pregunté.

—Algo que mereces desde hace tiempo.
Me metió un cojín debajo del vientre para que mi culo quedase levantado y apartó mis brazos para que no estuvieran sobre los glúteos.

Un momento después oí un silbido y sentí un dolor fuerte y quemante en las nalgas. Protesté e intenté apartarme, pero siguió dándome latigazos hasta que el dolor me hizo saltar las lágrimas. Le dije que parara pero no me hizo caso.
Luego se detuvo y dijo riéndose:
—Nunca había imaginado que pegarle a un tío diera tanto placer.
Yo le dije que ya estaba bien y que me desatara. Ella contestó burlona:
—¿Aún sigues pensando que cuando te suelte te vas a vengar de mí? 
Le juré que no, que no le haría nada. 
—En ese caso te desataré, vestirás la ropa que yo te diga y vendrás por tu propia voluntad a tumbarte sobre mis rodillas para que te dé una docena de azotes con esta pala de ping-pong.  
Le pedí por favor que no me hiciera eso. 
—De acuerdo, pero entonces te vas a llevar los veinte latigazos que te faltan —y empezó a pegarme con más fuerza que antes. 
Cada latigazo me marcaba las nalgas con una raya roja que dolía espantosamente.
—Para —le supliqué—. Haré lo me digas.
Me desató las manos y me ayudó a ponerme de pie.
Al verme libre tuve la tentación de abalanzarme sobre ella, pero el dolor en las nalgas y las pelotas me recordó lo que me pasaría si intentaba algo así.
—Desnúdate por completo. 
Obedecí. 
—Y ahora ponte esto —me ordenó. 
Le miré incrédulo. «Esto» eran unas braguitas rojas de puntillas.
Le dije que no me pondría unas bragas, pero cuando vi que cogía el látigo cambié de opinión y me las puse rápidamente.
Se sentó en el sillón y me ordenó que desfilase delante de ella contoneándome como una modelo en la pasarela.
Me encontraba ridículo a mí mismo, pero obedecí porque ella mantenía el látigo en la mano.
—Tendremos que completar tu atuendo. Acércate y estira los brazos. 
Lo hice y me metió por ellos los tirantes de un sujetador que abotonó a mi espalda. Luego separó las copas y me metió unas esponjas de relleno. 
A continuación me dio un liguero y unas medias que también me obligó a ponerme. 
Pensé que con eso habría terminado todo, pero me equivocaba, porque faltaba un pequeño delantal blanco, con puntillas en los bordes.  
Cuando acabó de vestirme con las bragas, el sujetador, el liguero, las medias y el delantal, me mandó girarme sobre mí mismo para contemplar su obra.
—Faltan los zapatos —me dijo, y me dio unos de tacón que también me puse.
Me ordenó caminar por el salón, lo que hice tambaleándome porque nunca había andado con unos zapatos de tacón y me costaba mantener el equilibrio.
—Eres un poco torpe, pero no te preocupes que te acostumbrarás, porque desde hoy irás vestido siempre así por casa, o mejor dicho, vestida, porque tu nuevo nombre será María Luisa —dijo riéndose. 
Le rogué que no lo hiciese y me mandó callar la boca.
—He tenido que soportar tus gilipolleces durante mucho tiempo, pero ya me he hartado y a partir de ahora te zurraré hasta cansarme. Y a propósito —dijo cogiendo de nuevo la pala de ping-pong— tenemos unos azotes pendientes… Arrodíllate y convénceme para que te pegue. Si lo consigues, te daré solo unas bofetadas suaves, casi simbólicas. Pero si no pones suficiente entusiasmo en convencerme, entonces te llevarás en el culo una docena de raquetazos tan fuertes que en tres días no podrás sentarte.
Todo aquello me parecía humillante, pero me arrodillé.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Rog… María Luisa —rectifiqué a tiempo.
—¿Y qué es lo que quieres decirme, María Luisa?
—Quiero suplicarte que me pegues unos azotes.
—¿Por qué, María Luisa? ¿Has sido mala?
—Sí, muy mala y creo que debes azotarme.
—¿No te estarás imaginando que eres un hombre? —Me preguntó riéndose. Se lo negué—. Muy bien, querida, porque no lo eres. Y si quieres convencerte, levanta el delantal y mira tus bonitas bragas rojas.
Obedecí excitado y noté que cada vez me gustaba más estar vestido de tía y que ella me hablase así.
—Échate boca abajo sobre mis muslos. Voy a recordarte que desde hoy debes ser una chica obediente. —Hice lo que me decía y con tono burlón me preguntó—: ¿De verdad quieres que te azote?
—Sí.
—No digas sí. Di: «Para mí será un placer que me azote siempre que le salga del coño».
—Para mí será un placer que me azote siempre que le salga del coño —repetí.
Me bajó las braguitas, para dejar mi culo desnudo, y me dio seis fuertes raquetazos que me hicieron gritar de dolor.
—¿Quieres seguir vestida con tus braguitas y tu delantal, María Luisa?
Sorprendentemente me oí a mí mismo contestar:
—Sí, quiero ir siempre vestido con braguitas y ropa de mujer.
—Estupendo, querida —dijo riendo— entonces vete a maquillarte un poquito y a pintarte los labios porque a las cinco vendrán Margot y Carol, y quiero que estés guapa cuando les abras la puerta y les sirvas las bebidas con una reverencia cortés. Ah… Y les contaré que les llamaste tortilleras. Esa falta de respeto las va a enfadar mucho, así que, antes de que te lo pidan, les darás el látigo, te bajarás las braguitas y pondrás tu culo a su disposición para que te azoten —me dijo mientras me acariciaba las nalgas con una gran sonrisa de satisfacción.
Texto: T.B.T.




EL CORNUDO TATUADO


Comprendiste que era un bombón al echarle el ojo en la oficina. Tan tímido. Te bastaba con mirarle ceñuda para que no se atreviera a replicarte. Por eso te marchaste a vivir con él. Siempre habías buscado algo parecido. Algunas quieren hombres muy hombres; trofeos de los que presumir ante las amigas. 
Tú prefieres un calzonazos que no ose levantarte la voz ni te cree problemas. De machitos anda el mundo lleno para beneficiártelos cuando gustes, que no será tu cornudo consentido quien, por la cuenta que le tiene, se exponga a plantear una objeción.
Con machaconería programada le esculpiste en el cerebro tu superioridad. Metódicamente le repetías eres bobo, eres estúpido, no entiendes nada, eres un inútil, lo haces todo mal, te equivocas de continuo, no das una, no sé por qué te soporto, no me llegas ni a los tacones. Con posterioridad, le impusiste que lo reconociera. Eres un imbécil, reconócelo; no hay un tío más torpe que tú, reconócelo; no vales para nada, reconócelo. Y lo admitió. Fue tu primer triunfo.
Una noche lo dejaste en pelota y de rodillas. Ataste una cuerda por un lado a la pata de la cama y por el otro a su cuello. Sentada delante de él te sacaste las braguitas y las meciste a unos milímetros de su nariz. Huele, perrito, huele. Mmmm, perfume de coño fragancia divina. En su ímpetu por oler las
braguitas atirantaba la soga al límite. Tú las alejabas. ¿Quién es tu chochito preferido? Tú tú tú percutía él. Mucho tú tú tú pero no quieres ser mi poni. Sí que quiero. ¿Y por qué no llevas grabada mi marca? Lo desconcertaste. Házmela, te imploró. Bueno, te marcaré. Antes he de amordazarte por si gritas; las quemaduras duelen. Él dijo no gritaré. Tú te repetiste con una sonrisa interior gritarás gritarás. Te meteré las braguitas en la boca para que ahoguen el grito; pero he de mojarlas; si están secas el algodón te absorberá la saliva y sufrirás. Te sentaste en el váter, measte con las bragas puestas y se las introdujiste en la boca tras una exigua retorcedura. Para que no las escupiese utilizaste unos pantis a modo de mordaza. Con un clip compusiste una C provista de un rabo perpendicular para cogerla. La pusiste al rojo con un encendedor y se la estampaste en el flanco del glúteo derecho. Emitió
un alarido que las bragas rebajaron a borbor evanescente. Un ligero aroma a chamuscado te aduló el clítoris. Con otro clip hiciste una breve recta y se la cruzaste sobre la C para completar la E inicial de tu nombre.
Casi te habías corrido con sus espasmos bajo el metal candente, y no obstante, ¿qué era aquello? Una E poco perceptible. Tú querías más; que tu nombre sobresaliese, explotase en su piel igual que un anuncio de neón.
Le extrajiste las bragas. Ufano y lacrimoso dijo ahora llevo tu señal. Sonreíste y con el pie le atizaste unos golpecitos a derecha e izquierda en el pene, que aduro si se movía por la insólita tiesura. No, cariño. Esa letra es chiquitina y tú debes llevar mi nombre en cada poro. Iremos a casa de Eli. Alrededor de los pezones y del ombligo te tatuará un corazoncito con mi nombre. Y en el culete te tatuará también mi nombre, pero con letras a
prueba de ciegos para que hasta a distancia perciban que eres mío. Le emparedaste la pichula entre los pies y eyaculó un aluvión de leche aguanosa.
Día a día cultivabas el placer de vejarlo, mortificarlo mediante órdenes ridículas para sondear hasta dónde estaba dispuesto a hundirse por ti, aunque sabías que la degradación carece de fondo. Le lanzabas una pelota que perseguía a gatas por las habitaciones; le exigías mantener los ojos de par en par y le echabas el humo del cigarrillo sobre ellos; después de lavarte le sumergías la cabeza en el bidé hasta el borde de la sofocación; te meabas en su boca obstruyéndole la nariz para que se atragantase; le atabas las manos a la espalda y debía desvestirte con la dentadura sin rozar tu piel; entrabas dando portazos de mala hostia para acojonarlo; le escupías en el rostro y disfrutabas con la visión de la saliva resbalándole por el hocico; lo masturbabas en un vaso y le añadías el semen a su
café; con una cuchilla lo cortabas en un dedo para que se marease al fluir la sangre; lo obligabas a comer sin servirse de las manos; le chupabas la picha rozándosela con los dientes hasta irritársela y luego se la frotabas con alcohol para oírlo gritar. Y lo insultabas; barbaridades, monstruosidades, pestes. Cuanto más bestia, soez y denigrante era el insulto antes se le enarmonaba a él la pija. Y tú te lo pasabas la mar de bien enderezándole o encogiéndole el palito a tu antojo. 
Como noches atrás, arrodillado, le ataste una soga al cuello y a la pata de la cama. Desnuda te sentaste frente a él y pusiste las piernas sobre sus hombros. La cabeza le quedó entre tus muslos. Delante de sus ojos tu vaina afeitada ejercía de imán. Abriste los labios menores, la rósea corola. Te masajeaste el estambre para que el rocío satinara los pétalos y atrajese a la abeja. Procedemos del agua; la humedad nos cautiva. Te acariciaste el pescuezo. Te pellizcaste los pezones. Te constreñiste las ubres. Oprimías su cabeza con los muslos y lo incitabas a lamerte el bollo. Él estiraba el cuello para tensionar
la cuerda al máximo, pero no lo alcanzaba. Tú te reías porque la soga, al clavársele en la carne, le hinchaba las venas y le congestionaba el rostro hasta adquirir un color púrpura. Retrocedía para rearmarse de oxígeno y reintentaba el asalto. Tu cáliz desprendía néctares cuyo aroma trastornaba a la pobre abeja. Por si no bastase le dijiste cómeme el chocho. Le dijiste cómeme el chocho que está calentito. Le dijiste méteme la lengua. Le dijiste hurga en mí. Le dijiste mátame de gusto. Le dijiste reviéntame de placer. La pobre abeja no podía alzar el vuelo; la soga le trababa las alas. Y le dijiste quiero que me folles hasta destrozarme. Y le dijiste quiero que me folles hasta partirme en dos. Y le dijiste me gustaría que tu picha fuese únicamente mía.
Él convino lo es. Y le dijiste quiero que me la metas hasta el alma. Y le dijiste quiero que explote en mí. Y le dijiste quiero que me llene el coño de leche. Y le dijiste quiero grabarle mi nombre para que se sepa que esta es la picha que me mata. Él convino grábale lo que desees. En su afán por libar el polen, atirantaba tanto la soga que su rostro se volvió rubí y las orejas le ardían. La pobre abeja se había obcecado olvidándose de respirar. Lo desataste y se abalanzó sobre ti. Le dijiste húndemela entera. Le dijiste rómpeme el chocho. Le dijiste rómpeme el chocho que no aguanto más. Y la abeja depositó sus mieles en tu celdilla.


(Texto compendiado del libro de José Mondelo Ni junio en París. Novela muy recomendable para todos los amantes del sadomasoquismo y la sumisión, por contener capítulos realmente fuertes de cornudos, humillación, feminización, etc.)

EL CORNUDO, SU MUJER Y LA CUÑADA

(RESUMEN DE LA PRIMERA PARTE: Juani (Nani) y Lupe (Lu) son hermanas y amantes. Esta última tiene dominado a Juancho, el marido de su hermana, tanto física (de vez en cuando lo abofetea) como monetariamente (el dinero de su nómina lo ingresa íntegramente en la cuenta de las dos hermanas). Los fines de semana Lupe obliga a Juancho a ir a fregarle el piso, tarea que debe realizar desde el sábado por la tarde hasta el domingo al mediodía. Para estar segura de que durante esas horas Juancho no se va a mover de la casa, Lupe lo deja en calzoncillos y guarda su pantalón y camisa bajo llave. Juancho no sabe que esto es una confabulación de las dos hermanas para que, mientras él le friega el piso a su cuñada y pernocta en él, Juani, su mujer, le ponga los cuernos durante toda la noche con el amante de turno).

Juancho acababa de regresar tras dormir en casa de Lupe. Juani, ante el balcón, se pintaba las uñas de los pies. La camiseta apenas le cubría las bragas.
Juancho le besó la nuca e intentó abarcarle las ubres. Con un golpe de hombro se lo quitó de encima.
—Haz la cama, anda, que yo no he tenido tiempo.
Juancho tiró hacia atrás la colcha y se detuvo.
—¿Qu... qué es eso? —tartamudeó sin volverse.
—¿Lo quéeeee? —replicó perezosa.
—Eso —señaló con la barbilla.
En el centro de la sábana una caperuza de látex había formado a su alrededor un redondel cobrizo.
Juani se quedó cérea.
Ante el preservativo que manchaba la sábana pudo haber optado por el arrepentimiento, la chulería, la indiferencia, la excusa o la ignorancia. Pero no. Rompió en llanto:
—Eres un hijo de puta... Quieres amargarme la vida. Tú me odias; sé que me odias... ¿Pero qué te he hecho yo?... Me quiero morir...
La incongruente respuesta atarantó al pobre cornudo. Estaba enamorado de su esposa y hasta aquel instante jamás había desconfiado de ella. El muy iluso se hallaba convencido de que una celosa Lupe le exigía ausentarse algunas noches para alejarlo de Juani.
Las lágrimas, socavaron la exigua seguridad de Juancho, que no reaccionó ni en el momento de insistirle Juani a Lupe, a través del móvil, en que él la odiaba y en que se quería morir.
Segundos después le alargaba el teléfono.
La Lu. Que te pongas.
Temblequeando de modo ostensible gimió un:
—¿Sí?
La Nani está de los nervios. Vete a dar una vuelta hasta la hora de cenar. Esta noche hablaré con ella —casi le rogó.
Retornó a la calle.
Se encontraba en ayunas y con lo que llevaba encima no pagaba un café. Según Lupe, los motivos por los que le pedía dinero eran inconsistentes y en raras ocasiones le soltaba algo.
Risas borrachuzas, lo recibieron al volver.
Las mujeres cenaban a la luz de unas velas.
—Te estábamos esperando —sonrió una Lupe achispada—. Desnúdate y arrodíllate junto a la mesa.
Tras desvestirse se hincó donde le marcaba.
—Me ha dicho la Nani que no sabes qué es esto —con las puntas de índice y pulgar sostenía el preservativo usado.
Él borboritó sílabas inconexas.
—No te preocupes, yo te lo explicaré. Esto vale para que los gilipollas como tú no hagan preguntas estúpidas. ¿Y cómo? Muy sencillo. Saca la lengua... Más... Más... Muy bien.
Le introdujo la lengua en el condón.
—Sujétalo con los dientes para que no se te caiga... Así… Y ahora escúchame. ¿Tú de qué cojones vas?... ¿De dónde has sacado que tienes algún derecho sobre el coño de mi hermana?... El coño de mi hermana, mamón de mierda, es suyo, hace con él lo que le apetece y no tiene que rendirle cuentas a nadie. Y si quiere que se la follen diez como si quiere que se la follen cien. Tú calladito sacándole brillo a la cornamenta o cuando menos te lo esperes te corto lo huevos. ¿Entendido?
Asintió mímicamente porque al retener el condón con los labios no podía modular.
En el rostro de Juani crecía un rictus de crueldad satisfecha.
Las hermanas prosiguieron cenando con placidez.
—Ei, Nani —alertó Lupe.
Juancho se hallaba apabullado y hundido, pero eso le sucedía por todas partes excepto una. Para oprobio de su voluntad el gallo levantaba la cresta en presuntuosa erección.
Lupe se le sentó enfrente. Con el pie descalzo comenzó a masajearle los testículos.
—Te gusta que te den caña y que te pongan los cuernos ¿verdad?... Se te sube con solo pensarlo... Disfrutas lamiendo el condón con que otros se follan a tu mujer, ¿eh, mariconcita?
Y en aquel conflictivo trance le ocurrió lo peor que ocurrirle podría: eyacular.
Las mujeres crujieron en risotadas de mofa y alcohol.
    —¿Te das cuenta cómo disfruta siendo un cornudo?... Pues tranquilo, cariño, que no es el último condón que vas a chupar... Esta noche te quedas ahí, de rodillas, para que aprendas que cuando te dicen que hagas una cama es para que hagas la cama y no preguntas gilipollas; y si ves algo entre las sábanas, lo recoges; y mientras no te pregunten, la lengua te la metes en el culo. Ah; y como me levante a mear y no estés de rodillas o te hayas sacado la lengua del condón te retuerzo los huevos, ¿vale?
Señaló el tabuco.
—A partir de hoy tu habitación será aquella. A esa —la alcoba conyugal— entrarás para limpiarla o si la Nani te lo permite. ¿Entendido?
El viernes prepararon en casa cena para cuatro. El cuarto partícipe era Ahmed, un marroquí del Borne con el que últimamente puteaba Juani. Juancho no le fue presentado a Ahmed como el marido de Juani sino como un compañero de Lupe.
Tras los postres, esta animaba al magrebí:
   —Ahmed, tienes muy abandonada a la Nani. Mímala un poquito.
   La cristiana y el moro, iniciaron un baile ardiente. Y todo ante Juancho, a quien Lupe había exigido no apartar la pupila de los danzarines.
Las manos del infiel, sobre el culo de Juani abiertas, describían morosos círculos que iban subiéndole la falda. Los dedos de bronce, ocho columnas de ataque, se infiltraron bajo la braguita para extenderse por el campo de batalla. Algún combatiente, audaz, incursionaba en pozos y rincones, que bien se lo indicó Lupe a Juancho:
   —Ya le ha metido un dedo en el culo a tu mujer.
   La mano de Juani rolaba en la bragueta del moro.
—Y el hermanito pequeño de nuestro cornudo ¿cómo se encuentra? —dijo Lupe, y le tanteó los pantalones a Juancho para cubicar su estado emocional transitorio, que era el máximo como la tienda de campaña delataba.
   —Qué cacho mierda que eres. Tu mujer morreándose, con tres dedos metidos en el culo, y a ti se te pone dura... Se la van a follar delante de ti y mira tu pinga lo alegre que está... ¿Te gusta que la Nani se comporte así?... ¿Te la cascas pensando cómo se la cepillan otros? Ja ja ja... Fíjate: ya le ha cogido la polla.
El viernes siguiente se reprodujo la reunión casi con exactitud hasta el momento en que la pareja bailaba. Juani se fue entonces al baño.
Al cabo de unos segundos, con el ojo desmayado, reclamó a Lupe.
Juani se abrazó a ella y le lambiscó el cuello.
—Huuuuy. ¿Qué quieres?
Le mordisqueó el lóbulo, antes de suplicarle con tonillo de hembra en celo:
—Haz que se la chupe.
—¡Quéeee!
—Juancho.
—¿Qué?
—Haz que se la chupe a Ahmed.
Lupe rió.
—¿De veras quieres que se la chupe?
—Sí.
—Pero qué cacho puta eres...
Le palpó el durazno. Juani se apretujó contra ella, presionó los muslos para retenerle la mano y se vino en silencio.
Ahmed, en el sofá, terminaba un porro. Juani se le sentó al lado y comenzó a tentarle la bragueta. Cada dos por tres clavaba los ojos en Lupe. Esta, que fumaba divertida, gozó difiriendo la apoteosis.
—Ahmed, Juancho quiere chupártela.
El cornudo dio un bote en el sillón.
—Venga, no te hagas el estrecho. Si lo estás deseando...
—Yo... yo... —gorgoriteó el otro.                   
—Le gusta comerse un rabo de vez en cuando.
—Yo a mí no gustan hombres —dijo el muslime.
   Juani le arrimó la boca a la oreja para maullarle con vocecilla de gata caliente:
—Qué más te da... Deja que te la chupe.
Ella misma le descorrió la cremallera y sacó el morabito a paseo.
Lupe condujo a Juancho hasta el sofá.
—Anda, arrodíllate.
Se hincó entre las piernas del moro.
—Abre esa bocaza.
Con gesto de esperpéntica muñeca hinchable recibió el pene en la boca.
—Déjala limpia porque luego se la meterá a tu mujer.
Lupe le forzaba la cabeza para que embocase el miembro a fondo. Y no perdía de vista a Juani, cuyo levísimo runrún captaba con claridad. Sus labios hinchados y su mirada difusa, aunque fija en el ir y venir del cipote en la boca conyugal, delataban que se exponía al riesgo de una deshidratación severa.
   Tras un guiño a Juani, Lupe bajó la cremallera de Juancho, que se detuvo. Le empujó la nuca y con socarronería le murmuró al oído:
   —¡Pero si estás empalmado!... Me alegro de que te gusten los biberones; así comprenderás a la Nani. A ella siempre le ha encantado mamarla. En el instituto se la chupaba a todo quisque.
Juancho sudaba tanto por el sobe a que Lupe lo sometía como por el temor a encalarle la mano.
—¿Te gusta comer pollas?...
—Si te corres es que te gusta, y en ese caso lo vas a pasar de muerte: de ahora en adelante podrás mamársela a los que vengan a follarse a tu Nani.
Luchó para no eyacular pero eyaculó en segundos.
Las hermanas intercambiaron una sonrisa morbosa.
Lupe, tras limpiarse el esperma en la camisa de Juancho, lo apartó para liberar el minarete musulmán. Le bajó las bragas a Juani, que habían quintuplicado el peso con el flujo, y la sentó encima del magrebí, de espaldas a este, para el coito.
Guiado por Lupe, Juancho agarró la jactanciosa lombriz del bajá. Con el glande frotó la vulva de su mujer hasta abrirle los labios. Ella, al notarla en el sitio conveniente, descendió y con un guarrido escandaloso orgasmó... lo cual no fue impedimento para que en un minuto repuesta principiase el galope ante los ojos de Juancho, a quien Lupe constreñía a presenciar las puntadas de la aguja en el costurón de su mujer.
Los ah ah ah berberiscos fueron creciendo hasta que Ahmed envaró las piernas, tiró de las clavículas de ella hacia abajo y eyaculó con un mugido sordo.
Lupe sacó el derviche de la cueva y se lo metió en la boca a Juancho.
—Chupa esa pollaza que tan a gusto acaba de dejar a tu mujer.



(Texto compendiado del libro de José Mondelo Ni junio en París.)