EL MARIDO FEMINIZADO

—¿Qué coño estás haciendo? No me dejas oír la televisión con esos martillazos —le grité cabreado.
Ella no me hizo caso y siguió dando golpes.
Me giré y vi que estaba metiendo una cuña bajo la puerta para que no se pudiese abrir desde el exterior.
—¿Qué gilipollez estás haciendo?
Dejó el martillo, se acercó al televisor y lo apagó.
—¿Qué haces? —gruñí—. ¿Qué le pasa ahora a tu cerebro de mosquito?
Un poco nerviosa, me miró desafiante y de sus ojos saltaron chispas.
—Aquí el único que tiene un cerebro de mosquito eres tú, gilipollas. —rugió—. Estoy harta de cómo me tratas y esto se acabó.
Para disimular mi inquietud por su enfado le pregunté:
—¿Para que coño has puesto esa cuña en la puerta?
—Para que no me molesten mientras hago lo que voy a hacer.
—¿Y qué piensas hacer? —le dije con una sonrisa que trataba de disimular mi inquietud.
—Te voy a dar hostias hasta que te cagues encima.
Noté que mi seguridad se derrumbaba ante su furia agresiva.
—Hace tiempo que quería hacerlo para rebajar tus humos y tu impertinencia, pero a última hora me echaba atrás. Esta vez me has hartado y se acabó.
—No sé qué te pasa, pero…

—¡Cállate! —gritó—. Eres un soplapollas de mierda y te atreves a hablarme siempre como si la subnormal fuera yo. Soy tu mujer y merezco un respeto. Tengo una carrera y un trabajo mejor que el tuyo, que te pasas el día sentado diciendo gilipolleces. Me ridiculizas delante de mis amigas. Pero eso va a cambiar.
Me sentía cada vez más nervioso por su agresividad.
—No te enfades, cariño. Si he hecho algo mal…
—¿Si has hecho algo mal?... Desde que nos casamos me criticas por todo, hablas despectivamente y te burlas de mí y del resto de las mujeres, tú, que no tienes ni un trabajo estable y la mayor parte del tiempo tengo que mantenerte.
—Pero…
—¡Cállate!...
Hace unas semanas me di cuenta de que solo eres prepotente conmigo, porque cuando te enfrentas a una mujer físicamente fuerte o agresiva, metes el rabo entre las piernas y no te atreves a abrir la boca.
—No es verdad.
—Te he dicho que te calles, gilipollas —
 repitió y me pegó una fuerte bofetada que me dejó inmóvil por la sorpresa—. Comenté con Margot y Carol tu actitud...—¿Con esas tortilleras?
—Sí, con esas tortilleras que se partirán de risa cuando vean en qué voy a convertirte, porque te tengo guardada una sorpresa.
—¿Cuál?
—Primero, lucharemos tú y yo —dijo amenazadora.
—No quiero luchar.
—Pero yo sí —avanzó hacia mí.
—Pero yo no.
—Entonces me lo pondrás más fácil.
Estaba casi pegada a mí y me puse en pie procurando que no se me notase que me asustaba su agresividad. De súbito me pegó un rodillazo en los huevos. Me incliné con el dolor y entonces me pegó un puñetazo en la nariz que me llenó los ojos de lágrimas. Estaba empezando a acojonarme de verdad.
Me puse derecho y ella me pegó otro rodillazo en las pelotas, y cuando me doblé un nuevo puñetazo en la cara.
Aprovechó mi desconcierto para empujarme por detrás, tirarme al suelo boca bajo y ponerse sobre mi espalda mientras se reía por su triunfo.
No soy un hombre fuerte y en mis años de escolar nunca conseguía ganarles en una pelea a ninguno de mis compañeros, pero nunca pensé que una mujer pudiera vencerme.
Ella estaba a horcajadas encima de mí y se reía mientras se me escapaban algunas lágrimas por el dolor de los huevos y sobre todo por la humillación.
Sentada sobre mí, se sacó las medias y con ellas me ató las manos.
—Deja de lloriquear de una vez, puta maricona —me gritó—. ¡Y pensar que durante todo este tiempo te he tenido miedo!…
Aquello me cabreó.
—Cuando me sueltes te vas a enterar…

—¿Ah, sí?... Pues si quieres te suelto y empezamos la pelea, a ver si tienes huevos de tocarme, maricón. Dime, ¿quieres que te suelte y que te patee los cojones otra vez?
No contesté y ella se rió. Luego se levantó dejándome tumbado en el suelo boca abajo, buscó algo en el armario, volvió y me bajó los pantalones.
—¿Qué haces? —le pregunté.

—Algo que mereces desde hace tiempo.
Me metió un cojín debajo del vientre para que mi culo quedase levantado y apartó mis brazos para que no estuvieran sobre los glúteos.

Un momento después oí un silbido y sentí un dolor fuerte y quemante en las nalgas. Protesté e intenté apartarme, pero siguió dándome latigazos hasta que el dolor me hizo saltar las lágrimas. Le dije que parara pero no me hizo caso.
Luego se detuvo y dijo riéndose:
—Nunca había imaginado que pegarle a un tío diera tanto placer.
Yo le dije que ya estaba bien y que me desatara. Ella contestó burlona:
—¿Aún sigues pensando que cuando te suelte te vas a vengar de mí? 
Le juré que no, que no le haría nada. 
—En ese caso te desataré, vestirás la ropa que yo te diga y vendrás por tu propia voluntad a tumbarte sobre mis rodillas para que te dé una docena de azotes con esta pala de ping-pong.  
Le pedí por favor que no me hiciera eso. 
—De acuerdo, pero entonces te vas a llevar los veinte latigazos que te faltan —y empezó a pegarme con más fuerza que antes. 
Cada latigazo me marcaba las nalgas con una raya roja que dolía espantosamente.
—Para —le supliqué—. Haré lo me digas.
Me desató las manos y me ayudó a ponerme de pie.
Al verme libre tuve la tentación de abalanzarme sobre ella, pero el dolor en las nalgas y las pelotas me recordó lo que me pasaría si intentaba algo así.
—Desnúdate por completo. 
Obedecí. 
—Y ahora ponte esto —me ordenó. 
Le miré incrédulo. «Esto» eran unas braguitas rojas de puntillas.
Le dije que no me pondría unas bragas, pero cuando vi que cogía el látigo cambié de opinión y me las puse rápidamente.
Se sentó en el sillón y me ordenó que desfilase delante de ella contoneándome como una modelo en la pasarela.
Me encontraba ridículo a mí mismo, pero obedecí porque ella mantenía el látigo en la mano.
—Tendremos que completar tu atuendo. Acércate y estira los brazos. 
Lo hice y me metió por ellos los tirantes de un sujetador que abotonó a mi espalda. Luego separó las copas y me metió unas esponjas de relleno. 
A continuación me dio un liguero y unas medias que también me obligó a ponerme. 
Pensé que con eso habría terminado todo, pero me equivocaba, porque faltaba un pequeño delantal blanco, con puntillas en los bordes.  
Cuando acabó de vestirme con las bragas, el sujetador, el liguero, las medias y el delantal, me mandó girarme sobre mí mismo para contemplar su obra.
—Faltan los zapatos —me dijo, y me dio unos de tacón que también me puse.
Me ordenó caminar por el salón, lo que hice tambaleándome porque nunca había andado con unos zapatos de tacón y me costaba mantener el equilibrio.
—Eres un poco torpe, pero no te preocupes que te acostumbrarás, porque desde hoy irás vestido siempre así por casa, o mejor dicho, vestida, porque tu nuevo nombre será María Luisa —dijo riéndose. 
Le rogué que no lo hiciese y me mandó callar la boca.
—He tenido que soportar tus gilipolleces durante mucho tiempo, pero ya me he hartado y a partir de ahora te zurraré hasta cansarme. Y a propósito —dijo cogiendo de nuevo la pala de ping-pong— tenemos unos azotes pendientes… Arrodíllate y convénceme para que te pegue. Si lo consigues, te daré solo unas bofetadas suaves, casi simbólicas. Pero si no pones suficiente entusiasmo en convencerme, entonces te llevarás en el culo una docena de raquetazos tan fuertes que en tres días no podrás sentarte.
Todo aquello me parecía humillante, pero me arrodillé.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Rog… María Luisa —rectifiqué a tiempo.
—¿Y qué es lo que quieres decirme, María Luisa?
—Quiero suplicarte que me pegues unos azotes.
—¿Por qué, María Luisa? ¿Has sido mala?
—Sí, muy mala y creo que debes azotarme.
—¿No te estarás imaginando que eres un hombre? —Me preguntó riéndose. Se lo negué—. Muy bien, querida, porque no lo eres. Y si quieres convencerte, levanta el delantal y mira tus bonitas bragas rojas.
Obedecí excitado y noté que cada vez me gustaba más estar vestido de tía y que ella me hablase así.
—Échate boca abajo sobre mis muslos. Voy a recordarte que desde hoy debes ser una chica obediente. —Hice lo que me decía y con tono burlón me preguntó—: ¿De verdad quieres que te azote?
—Sí.
—No digas sí. Di: «Para mí será un placer que me azote siempre que le salga del coño».
—Para mí será un placer que me azote siempre que le salga del coño —repetí.
Me bajó las braguitas, para dejar mi culo desnudo, y me dio seis fuertes raquetazos que me hicieron gritar de dolor.
—¿Quieres seguir vestida con tus braguitas y tu delantal, María Luisa?
Sorprendentemente me oí a mí mismo contestar:
—Sí, quiero ir siempre vestido con braguitas y ropa de mujer.
—Estupendo, querida —dijo riendo— entonces vete a maquillarte un poquito y a pintarte los labios porque a las cinco vendrán Margot y Carol, y quiero que estés guapa cuando les abras la puerta y les sirvas las bebidas con una reverencia cortés. Ah… Y les contaré que les llamaste tortilleras. Esa falta de respeto las va a enfadar mucho, así que, antes de que te lo pidan, les darás el látigo, te bajarás las braguitas y pondrás tu culo a su disposición para que te azoten —me dijo mientras me acariciaba las nalgas con una gran sonrisa de satisfacción.
Texto: T.B.T.




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