LA FIESTA DE INAUGURACIÓN

Al poco tiempo de empezar a ocuparme de la limpieza semanal de la casa de Carmen y de su madre, dejé el piso de alquiler que compartía con un amigo y me trasladé a uno nuevo que me habían comprado mis padres. Cuando se lo comuniqué a Carmen, me dijo que, para celebrarlo, podíamos hacer una fiesta de inauguración en el piso.
Nos reunimos veinte personas un sábado a las 4 de la tarde, ocho hombres y 12 mujeres. A la una de la madrugada quedábamos cuatro: Carmen, Cristina y Rosa, una amiga de Carmen a quien yo nunca había visto y a la que nunca volvería a ver, pero que iba a resultar trascendental para nuestra relación.
Habíamos bebido bastante, así que a nadie le será difícil imaginar la actitud de tres mujeres de 20 años, desinhibidas por el alcohol, hacia un hombre tímido.
Con Carmen y Cristina ya he contado cuál había sido mi relación hasta el momento, una relación de sumisión total con algo de sexualidad indirecta, como cuando me frotaban la polla por encima del pantalón para que este se mojase al correrme y burlarse de mí o, en casa de Carmen, cuando su madre me hacía vestir su salto de cama y tenía que fregar el piso con la mitad del culo y de la picha al aire.
Aquella noche, debido al alcohol, Carmen y Cristina empezaron a contarle a Rosa su relación conmigo, sin omitir las visitas al pequeño cuarto, en el que me abofeteaban, y Rosa, que ya de por sí no se cortaba, se excitó con esto, además de por el alcohol. Se sentó en el sillón y me mandó arrodillarme delante de ella.
—¿Así que eres un perrito obediente? Vamos a comprobarlo—. Sin darme tiempo a contestar me levantó la cara por la barbilla y me dio una bofetada. —Esta no ha salido bien, vamos a mejorarla—dijo riendo, y me pegó otro par. La última restalló y eso pareció complacerla.
Entonces les propuso a las otras un juego que consistía en ver quién me daba la bofetada más sonora.
Se preparaban, echaban el brazo hacia atrás y me soltaban la bofetada. Si sonaba como un latigazo, decían un ¡toma! y se partían de risa.
Cuando el juego las aburrió me mandaron ponerme a cuatro patas y se montaron las tres sobre mi espalda.
—Adelante, burrito, adelante. —me decían, y me hicieron pasearlas por todo el piso hasta que los brazos me fallaron por el cansancio y me desplomé en el suelo.
Entonces me pusieron boca arriba y se sentaron las tres sobre mí. Carmen, que ya se iba calentando, fue la que se sentó encima de mi cara, poniendo así por primera vez, aunque separados por la tela de las bragas, su culo y su coño sobre mi boca.
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LOS SUMISOS SOIS TAN DIVERTIDOS...

Los hombres me parecéis tan divertidos… Especialmente cuando os tengo a mis pies adorando el suelo que piso y locos por lamerme los zapatos o el culo. Una mujer que no haya tenido la lengua de un sumiso dentro del culo no sabe lo que es el placer.
Me gusta ligarme a un sumiso y verlo allí tan tierno, tan obediente, tan servil, tan entregado.
El otro día, por ejemplo, me traje a uno a casa y lo obligué a seguirme gateando hasta el baño. Allí lo contemple, en esa humillante posición, a cuatro patas, y le hice sacar la lengua como un perro.
Es tan gracioso veros así, tan rebajados, tan peleles, tan mierdas. Si encima, como en este caso, se trata de un hombre fuerte, corpulento, me excito más todavía. Me sorprendí de lo mojada que estaba.
Tenía ganas de mear y entonces se me ocurrió algo que me hizo sentirme muy traviesa y que mojó mi coño mucho más.
Le ordené que me bajase el tanga y me senté en el váter inclinada hacia atrás. Luego lo mandé que acercase la cabeza y colocase la barbilla sobre la tapa del váter, entre mis piernas. El pobre no podía apartar los ojos de mi coño, que tenía a escasos centímetros. No podía aguantarme la risa al pensar en la travesura que iba a hacer.
—Saca la lengua y lámeme, gilipollas.
De verdad que sois divertidos. Era como tener un perrito, allí, con la lengua fuera y lamiéndome el coño, de abajo arriba, hasta llegar al clítoris. Primero por el exterior, después también recorriendo mis labios interiores. Una sensación fantástica para correrse de gusto porque, cuando los hago comerme el chichi, siempre los obligo a ir muy despacio.
Desde que tuve el orgasmo, apreté más mi coño contra su boca y le ordené que la abriese bien. Entonces empecé a mear.
—Bébelo. Cada gota. Trágalo todo —le mandé.
Casi me corro otra vez de gusto al oír los ruidos de su garganta al intentar tragar, al beberse mi orina.
No tragaba lo suficientemente rápido y una parte de mi meada se fue al suelo.
No me importó. Lo tumbé en las baldosas y me sirvió de alfombra para que no se me mojasen los pies mientras me peinaba delante del lavabo.
En fin, ya digo, me encantáis los sumisos. Sois tan complacientes y tan divertidos.
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MI UNIFORME DE FREGONA



El sábado, a la hora en punto, estaba, por primera vez, en casa de Carmen. Aún no sabía que, un par de años después, yo me trasladaría a vivir allí.
Ella compartía el piso con su madre, que era divorciada. Su única hermana se había casado un año antes y se había marchado para Andalucía.
Aquel primer sábado hice lo que Carmen me había anticipado: ayudarla a limpiar el piso.
Al terminar se despidió con un:
—El sábado que viene, vuelves.
Y el sábado volví, pero ya fue distinto. Al llegar Carmen me dijo que ella y su madre se iban a comprar y me dio una lista con las cosas que yo tenía que hacer en su ausencia: fregar el cuarto de baño, vaciar y fregar el frigorífico y todos los armarios de la cocina, barrer y fregar el suelo, limpiar los cristales, limpiar el polvo del comedor y las habitaciones y planchar dos pares de sábanas.
Regresaron sobre las doce y media. A mí aún me faltaba bastante para terminar, pero ellas, en vez de ayudarme, se pusieron a hablar en el comedor. Luego se fueron a hacer la comida y hacia la una y media, mientras yo planchaba en una habitación, empezaron a comer.
Cuando acabé, ellas iban por los postres.
Le pregunté a Carmen si me podía ir. Me dijo que no. Que esperase a que terminaran y que entonces recogiese la mesa, fregase los platos y limpiase la cocina.
Salí de su casa casi a las cuatro.
A partir de aquel momento quedó establecido que todos sábados por la mañana tendría que ir a limpiar el piso de Carmen y de su madre.
El tercer sábado también se fueron a comprar dejándome solo. Como a las dos había terminado, y ellas no habían vuelto, me marché.
El lunes por la mañana no pude hablar con Carmen porque estaba la jefa en nuestra sala. Por la tarde, en cuanto volví, Carmen me mandó pasar a la pequeña habitación y cerró la puerta. Yo sabía que me esperaba una lluvia de bofetadas, como siempre que me mandaba entrar en el pequeño cuarto, pero no sabía el por qué.
—¿Qué te pasó el sábado?
No entendí ni la pregunta ni su cabreo, pues había fregado y planchado todo lo que ella me había apuntado en la lista, y así se lo dije.
—¿Y quién te dio permiso para marcharte?
Ah, por eso estaba enfadada.
—Como no volvíais y había acabado, pensé que me podía ir —le expliqué.
Entonces adoptó la posición que en el futuro sería su favorita para abofetearme. Se sentó en una silla y me mandó arrodillarme entre sus piernas. Colocó la mano izquierda por debajo de mi barbilla, sujetándome ligeramente la cara, y con la derecha empezó a darme bofetones al tiempo que me iba diciendo:
—Si te mando ir a mi casa te quedas allí hasta que mi madre o yo te demos permiso para marcharte y si tienes que esperar una hora como si tienes que esperar diez. ¿Has entendido?
—Sí.
—Pídeme que te siga abofeteando hasta que te haya perdonado.
Se lo pedí
—Pídemelo por favor.
Se lo pedí por favor y siguió dándome bofetones hasta que se cansó.
Cuando salimos del cuarto me obligó a arrodillarme delante de Cristina y a pedirle que me castigase porque me había portado mal.
El castigo favorito de Cristina consistía en tirarme de los pelos de la patilla con una mano y con la otra retorcerme una oreja hasta que me saltaban las lágrimas. Ella se reía. A Cristina le hacía gracia castigarme, y hoy no me cabe duda de que se excitaba mucho sexualmente mientras me retorcía la oreja con todas sus fuerzas.
El sábado siguiente, al llegar a casa de Carmen, también tuve que pedirle perdón de rodillas a su madre. Y cuando se disponían a marcharse a comprar, y Carmen me recordó que no me podía ir hasta que volviesen, fue su madre quien le dijo:
—Que no se vaya es fácil. Dile que se desnude y escóndele la ropa.
Carmen soltó una carcajada.
—No lo vamos a dejar aquí en pelotas.
—No tiene por qué quedar en pelotas.
Su madre entró en el dormitorio y volvió con una especie de salto de cama suyo. Me mandó sacarme toda la ropa, lo que hice rojo de vergüenza (Carmen también estaba un poco cortada, aunque le brillaban los ojos) y me mandó ponerme el salto de cama.
Como ella estaba tirando a gorda y yo a delgado, pude vestirlo, aunque me quedaba muy estrecho y corto (la polla y medio culo me quedaban al aire). Según me anunció su madre: aquel sería en lo sucesivo mi uniforme de fregona.
Escondieron mi ropa en una habitación y se marcharon. Cuando estaba yo empezando a fregar el baño aún se oían sus risas mientras esperaban el ascensor.