EL CULO DEL AMA

Igual que cada uno de vosotros, los sumisos, tenéis vuestros gustos, y lo que a unos os vuelve locos a otros no os dice nada, a nosotras, las dóminas, nos sucede lo mismo.
En mi caso, algo que nunca suelo hacer es usar a mis sumisos como monturas y mucho menos como sillas. Estar sentada sobre la espalda de un sumiso es terriblemente incómodo.
Si el sumiso ha de sostener mi peso, hay una variante que me gusta más y que consiste en esto:
Una vez que está en bolas lo obligo a que me coja en brazos como se coge a una novia para meterla por primera vez en casa y así sostenerme hasta que yo se lo ordene.
Al cabo de unos minutos los brazos se le cansan y empiezan a ceder. Como esto era previsible tengo preparado un remedio básico pero efectivo para que recupere las fuerzas, y es agarrarlo por las pelotas con la mano y cada vez que sus brazos ceden apretárselas para que me suba de nuevo.
Lo que me gusta practicar con mis sumisos son los azotes. Me encanta azotar el culo de mis sumisos hasta verlo de un rojo vivo.
Bueno, en primer lugar un sumiso mío ha de llevar depilados el pubis y los huevos. No quiero pelos ahí.
La depilación se la hago yo y siempre con otro hombre delante, porque he descubierto que la mayoría de los sumisos se sienten más humillados cuando hay otro hombre que observa cómo son maltratados, ridiculizados y castigados.
Los pelos de los cojones se los arranco directamente con la mano. Cojo cuatro o cinco y tiro fuerte hasta que se desprenden. Mis sumisos son como sois todos los sumisos, o sea, unos mierdas, y enseguida gritan con el dolor y se les escapa alguna lágrima. Cada lágrima serán luego veinte golpes de vara en el culo.
Cuando ya he hecho la depilación básica y el sumiso tiene los huevos rojos e hinchados por el dolor de mi método de depilación sin anestesia, le extiendo cera súper caliente en toda la zona para luego arrancársela y que salgan todos los pelillos que nos faltaban.
Para prevenir infecciones y como la zona depilada está súper sensible, lo froto con abundante alcohol en cuanto terminamos. El sumiso grita y se retuerce. Tomo noto porque por cada gritito de maricona recibirá otros veinte golpes de vara en el culo.
Cojo entonces la vara y miro los apuntes para ver los golpes que le he de dar en castigo (suelen ser entre cien y ciento ochenta).
Lo pongo a gatas en el suelo, le tiro de la polla y de los cojones hacia atrás para que queden al alcance de la vara y empiezo a darle fustazos. Nueve se los doy en los glúteos y el décimo siempre en los cojones. Este castigo me gusta hacerlo donde el sumiso pueda gritar porque me encantar oír los gritos desesperados que da cuando le pego en los huevos.
Tampoco me produce un placer especial que los sumisos me laman las botas, pero sí en cambio que las huelan por dentro. Con ese fin suelo ponerme las deportivas que utilizo por las mañanas para hacer footing. Están muy sudadas y tienen un olor fuerte y penetrante a sudor seco, así que, cuando acabamos con los golpes de vara, pongo delante del sumiso, en el suelo, mis deportivas y le meto la nariz y el morro dentro de ellas para que se empape de ese olor rancio y desagradable. Suelo tenerlo media horita disfrutando de mis olores.
Una habilidad que exijo de mis sumisos, y esta sí que la debéis tener todos los sumisos, es saber lamer bien el culo. Piensa que si eres un sumiso, tu lengua ha sido creada exclusivamente para que puedas lamerle el culo a las mujeres y darle gusto con ella.
El culo del ama es el sitio natural en el que debería estar siempre la lengua de un sumiso.
Y en este aspecto, cuando la lengua del sumiso es torpe, se impone castigar su polla con unos buenos golpes para que a continuación lo intente de nuevo procurando mejorar. Y mejora.
Para concluir la sesión con un sumiso lo obligo a tumbarse boca abajo y le levanto la pierna, sujetándola por el tobillo. Con la vara le doy treinta o cuarenta golpes en la planta de los pies. Este es un castigo importante porque el dolor en los pies al andar puede durarle horas e incluso días.
A continuación meto unos granos de arroz en sus zapatos, se viste y se marcha pensando en mí.
¿Por qué pensando en mí? Porque los granos de arroz son uno de esos castigos leves pero eficaces.
Haz la prueba tú mismo, como un sumiso de mierda que eres, y mañana mete en uno de tus zapatos tres o cuatro granos de arroz, un guisante o una simple piedrecilla. Llévalos ahí todo el día y verás como no puedes dejar de pensar en mí.
Experiméntalo y me lo cuentas.
DENISSE

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