LOS SUMISOS SOIS TAN DIVERTIDOS...

Los hombres me parecéis tan divertidos… Especialmente cuando os tengo a mis pies adorando el suelo que piso y locos por lamerme los zapatos o el culo. Una mujer que no haya tenido la lengua de un sumiso dentro del culo no sabe lo que es el placer.
Me gusta ligarme a un sumiso y verlo allí tan tierno, tan obediente, tan servil, tan entregado.
El otro día, por ejemplo, me traje a uno a casa y lo obligué a seguirme gateando hasta el baño. Allí lo contemple, en esa humillante posición, a cuatro patas, y le hice sacar la lengua como un perro.
Es tan gracioso veros así, tan rebajados, tan peleles, tan mierdas. Si encima, como en este caso, se trata de un hombre fuerte, corpulento, me excito más todavía. Me sorprendí de lo mojada que estaba.
Tenía ganas de mear y entonces se me ocurrió algo que me hizo sentirme muy traviesa y que mojó mi coño mucho más.
Le ordené que me bajase el tanga y me senté en el váter inclinada hacia atrás. Luego lo mandé que acercase la cabeza y colocase la barbilla sobre la tapa del váter, entre mis piernas. El pobre no podía apartar los ojos de mi coño, que tenía a escasos centímetros. No podía aguantarme la risa al pensar en la travesura que iba a hacer.
—Saca la lengua y lámeme, gilipollas.
De verdad que sois divertidos. Era como tener un perrito, allí, con la lengua fuera y lamiéndome el coño, de abajo arriba, hasta llegar al clítoris. Primero por el exterior, después también recorriendo mis labios interiores. Una sensación fantástica para correrse de gusto porque, cuando los hago comerme el chichi, siempre los obligo a ir muy despacio.
Desde que tuve el orgasmo, apreté más mi coño contra su boca y le ordené que la abriese bien. Entonces empecé a mear.
—Bébelo. Cada gota. Trágalo todo —le mandé.
Casi me corro otra vez de gusto al oír los ruidos de su garganta al intentar tragar, al beberse mi orina.
No tragaba lo suficientemente rápido y una parte de mi meada se fue al suelo.
No me importó. Lo tumbé en las baldosas y me sirvió de alfombra para que no se me mojasen los pies mientras me peinaba delante del lavabo.
En fin, ya digo, me encantáis los sumisos. Sois tan complacientes y tan divertidos.
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