Y LA FIESTA CONTINUÓ

La fiesta de inauguración no había terminado para ellas.
Al sentir el olor del coño de Carmen, que detrás de las bragas me presionaba la boca y la nariz, un coño con el que tantas veces había soñado, tenía la polla a tope y hubiera podido correrme de no ser por Rosa, que estaba sentada sobre mi estómago y de tanto en tanto se elevaba y dejaba caer con fuerza su culo sobre mí cortándome la respiración.
Precisamente fue Rosa la que se dio cuenta de lo dura que tenía la picha e inmediatamente les propuso a las otras desnudarme.
Para un tímido como yo, rodeado de tres mujeres a las que el alcohol desinhibía completamente y que me trataban como tres niños pueden tratar a un animal con el que deciden divertirse, la idea de desnudarme delante de ellas me resultaba muy preocupante.
El primer efecto fue que la polla se me deshinchó de golpe en cuanto me obligaron a ponerme en pie.
Carmen y Cristina me desabrocharon la camisa mientras Rosa me soltaba el cinto y el botón de los pantalones y me dejaba en calzoncillos. Esto lo hizo a propósito ya que entonces les dijo a las otras que entre las tres «iban a descorrer la bandera» para proceder a la solemne inauguración del sumiso.
Cada una de ellas cogió mi calzoncillo por un punto de la cintura, contaron hasta tres y me lo bajaron.
Sus risas, al ver mi polla encogida, debían oírse dos pisos más arriba y dos más abajo. Literalmente se descojonaban.
Rosa dijo que quería medirme la polla, a ver si pasaba de cinco centímetros, y las otras aplaudieron la idea.
Me preguntó si tenía un metro en casa. Le dije que sí y me acompañaron a buscarlo.
Andando torpemente, con el calzoncillo alrededor de los tobillos, fuimos los cuatro hasta la cocina, en uno de cuyos cajones tenía el metro.
La encargada de medirme la polla fue Carmen, mientras Cristina la sostenía horizontal poniendo el dedo índice debajo del glande. La tenía toda encogida, de la vergüenza que estaba pasando, así que no es extraño que en esa situación midiese siete centímetros escasos. Para ellas eso fue motivo de risas sin fin.
Entonces Carmen, que se iba lanzando poco a poco, animó a las otras a ponérmela dura. Para ello se pusieron las tres en torno a mis caderas (yo seguía de pie). Rosa me sobaba las nalgas, Cristina jugaba con mi nabo y Carmen me acariciaba los cojones.
Fue el tacto de la mano de Carmen, acariciándome los huevos, lo que me la puso tiesa. A medida que iba engordando ellas hacían comentarios como si estuviesen asistiendo a algo inaudito y sobre todo se partían de risa al mirar mi cara y mis sudores.
Rosa, que era la más lanzada, dijo que estaba muy caliente. Se bajó las bragas, se espatarró en un sillón y me dijo que me arrodillase para comerle el coño. Carmen y Cristina nos observaban en silencio, con la boca abierta y seca por la excitación.
Cuando Rosa se corrió yo tenía la picha más dura que una piedra.
Rosa cogió entonces una pequeña bolsa, y me mandó meneármela y correrme dentro.
Puse la bolsa en la punta del nabo y, a pesar de la vergüenza, me corrí casi al momento al ver a Carmen arrodillada delante de mí, con la vista fija en mi rabo como esperando un portento.
Con el semen dentro de la bolsa, Rosa les recordó a Carmen y Cris que era muy tarde, casi las cuatro de la madrugada, y que había que marcharse. Pero antes tenían que hacer el último brindis por la inauguración del piso.
Se sirvieron tres copas del vino que había sobrado, brindaron y lo bebieron. A continuación Rosa me dijo:
—Faltas tú.Vació mi semen en una copa, me mandó tumbarme en el suelo con la boca abierta, y sujetando la copa entre las tres la inclinaron, a unos diez centímetros sobre mis labios, para que el semen fuese cayendo lentamente. Una vez que comprobaron que me lo había tragado todo se despidieron y marcharon las tres juntas riéndose.

1 comentario:

Anónimo dijo...

jajaja, que mierdas eres