MI SUMISO CORNUDO

Llevábamos dos años de novios y no tenía intención de casarme con él, pero todo cambió el día que Toni me confesó que sexualmente era sumiso, que le gustaban las mujeres de carácter fuerte, como yo, y por eso se había fijado en mí. Nuestra relación había sido la de dos novios normales, con salidas y alguna relación sexual. Yo me había dado cuenta de que él era relativamente dócil, pero sólo en algunos aspectos, entre los que no se encontraba el sexo. La noche de su confesión me aclaró que si se había hecho el machito en muchas ocasiones era precisamente para ocultar su deseo de sumisión, por si a mí me desagradaba, pues, según me dijo, no era la primera vez que tras sincerarse con una mujer al respecto, esta lo dejaba para irse con otro «más hombre».
Su revelación me dejó perpleja por lo inesperada y le pedí un día para pensarlo. ¿Por qué lo tenía que pensar? Pues porque, como he dicho más arriba, no tenía intención de casarme con Toni ya que, aunque era un chico majo y detallista, hacía unos meses que había conocido a Efrén, que físicamente estaba muchísimo mejor que Toni, me ponía más y ya habíamos follado un par de veces. De hecho había pensado darle puerta a Toni más pronto que tarde. Aquella confesión, sin embargo, cambiaba las cosas.
Tengo carácter dominante y siempre había sentido el deseo, nunca realizado, de dominar a un hombre, de tenerlo a mis pies pendiente de cualquier capricho mío para satisfacerlo.
Si Toni era realmente sumiso, no podía dejarlo escapar, o, al menos, no todavía. Pero, ¿sería sumiso de verdad o se trataría de uno de esos tíos que por ser sumisos entienden que te lamen las botas, te sirven de alfombra y todas esas chorradas? Tenía que comprobarlo. Él, por supuesto, me dijo que era sumiso total y que aceptaría mis órdenes fuesen las que fuesen. Habría que verlo.
Para verlo, el fin de semana siguiente les pedimos a unos amigos la llave de una casita que tenían en la costa y me llevé a Toni. Lo tenía decidido: si superaba las cuarenta y ocho horas de pruebas, él sería mi príncipe.
Sumiso es sometido, así que le pregunté de nuevo si estaba dispuesto a someterse a todas mis órdenes y me contestó que absolutamente. Le dije que a partir de ese momento me llamase, tanto en público como en privado, Señora y me tratase de usted. Y que él, cuando se refiriese a sí mismo, se llamase siempre el Cornudo, que sería como yo también le llamaría.
—El cornudo obedecerá todas sus órdenes, señora —me dijo.
Aquello empezaba bien.
Lo primero que hay que probar con un sumiso es si resiste el dolor que su ama quiera infligirle, sea como castigo o simplemente porque a ella le sale del coño. Él estuvo de acuerdo. El pobre Cornudo seguramente esperaba un par de azotes o algún bofetón y no la paliza en toda regla que le iba a propinar.
Le ordené desnudarse y de la maleta saqué un látigo de tiras. Miró asustado pero no dijo nada. Le mandé que se tumbase boca abajo sobre la cama y le di un latigazo en el culo. Era mi primer latigazo y lo di con cierto temor. También el segundo. Era como si temiera hacerle daño. Le di un poco más fuerte. Él soltaba un gritito al estrellarse las tiras del látigo en su culo. Aquellos gritos me excitaban y fui dándole cada vez más fuerte. Me ponía cachonda oírlo gritar y ver los botes que daba, cada vez más alto porque cada vez el latigazo era más fuerte y rápido. Me notaba toda mojada, tanto el cuerpo por el sudor como el coño por mi flujo, y aquella excitación me llevaba a golpear con más y más fuerza hasta casi rozar el orgasmo.
Le di sin descanso hasta que tuve que parar agotada. Él estaba llorando con el dolor y tenía el culo rojísimo con las marcas de los latigazos. Yo me sentía muy bien, aún mejor de lo que esperaba.
Le pregunté si quería seguir adelante. Seguir adelante significaba que podía disponer de él, de su cuerpo y su mente, o sea, de su vida, para lo que quisiera. El Cornudo dijo que sí balbuceando y me dispuse a comprobarlo.
Desnudo como estaba lo bajé al garaje. Le até las manos a la espalda y le ordené que se pusiese de pie debajo de una viga. Obedeció. Los ojos casi se le salen de las órbitas al ver que de una bolsa sacaba una soga con un lazo corredizo como las que se usan para ahorcar.
Cuando eche un extremo sobre la viga y le metí la cabeza dentro del lazo para apretarle en torno a su cuello empezó a temblar.
—¿Qué pasa, hijo de puta, vas a rajarte tan pronto?
Dijo que no con la cabeza porque la voz no le salía de lo acojonado que estaba.
Tiré del otro extremo de la cuerda y lo até a una pilastra. Ahora el Cornudo estaba rígido, pues la cuerda tiraba de él, mordiéndole el cuello, y sólo le llegaban al suelo los dedos de los pies. Le dije sonriendo:
—No te desmayes, Cornudito mío, porque si te fallan las piernas te ahorcarás tú solo.
Me reí porque estaba realmente acojonado, y cuando vio que de la bolsa sacaba un cuchillo largo y puntiagudo empezó a temblar con convulsiones fuertes.
Lo agarré por la polla, que se le había ablandado un poco, y tiré de él, que daba unos pasitos rápidos sobre los dedos de los pies para no perder el contacto con el suelo.
—Vamos a ver si los cornudos son de sangre azul o roja —le dije, y puse la punta del cuchillo en la mitad de su pecho.
Él miraba espantado para la hoja. La hice resbalar aumentando poco a poco la presión. Al principio el acero sólo hundía el músculo, luego fue marcando la piel con una raya blanca y después la piel cedió en un corte superficial por el que asomó la sangre. Él ya no miraba para no marearse. Le iba a exigir hacerlo pero entonces, con el acojone, se le escaparon unos pedos y eso me dio una idea mejor.
Otra de mis fantasías era hacerle una lavativa a un tío. Provocar que se cagase delante de mí me parecía la mayor humillación. ¿Y qué mejor ocasión que aquella? Haría que el Cornudo se cagase, pero de una forma especial para conservarlo en «toda su salsa».
Liberé su cuello de la soga y lo dejé allí atado mientras me iba a buscar los utensilios.
Al volver envolví su cuerpo con un gran plástico desde las axilas hasta los pies. Lo puse a gatas, le até las muñecas a la pilastra y le lie las piernas por los tobillos. En esa postura no se podría mover. Le metí la goma por el culo y empecé a bombearle agua hasta que no pudo resistir. Entonces le saqué la goma y el Cornudo, sin poderse contener, empezó a evacuar dentro del plástico. Y así, rebozado en su salsa, lo dejé. Eran las dos de la tarde. Me fui al pueblo a comer y luego a pasear por la playa. Volví a las diez de la noche.
Mi Cornudo estaba empezando a aprender lo que significa ser sumiso. Y aquello era sólo el comienzo.
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(Dibujos de Joe Doakes)

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