A MI MARIDO LE CRECEN LOS CUERNOS


Después de la boda empezábamos la luna de miel. Mi cornudo estaba contento porque pensaba que esa sería su oportunidad para echarme unos polvos, pero su gesto cambió al ver que Inés sacaba su maleta.
—¿Se viene con nosotros a Canarias? —me preguntó.
—No, cariño —le dije riéndome—, el que se viene a Canarias con nosotras eres tú, porque somos Inés y yo las que nos vamos de luna de miel para comernos el chochito la una a la otra durante diez días. Pero te llevamos porque sé que a ti no te importa que folle con ella, ¿verdad que no?
Dijo que no con la cabeza.
—Lo sabía, cariño, eres encantador. A mi lado vas a tener los cuernos más grandes de Europa. Anda, tírate en el suelo boca abajo.
Se tumbó.
—Inés, ven. El cornudo quiere que sepas que está a tus pies.
Inés vino riéndose y se puso de pie encima de las espaldas del cornudo mientras este me lamía a mí un pie.
Nos morreamos un poco las dos con un leve masajito de coño, pero sin llegar a más porque era hora de salir para el aeropuerto.
En el avión ocupábamos tres asientos contiguos.
A poco de despegar Inés se dio una palmada en la frente y exclamó:
—¡Anda! El regalo de bodas.
—¿Qué regalo?
—El que te he comprado para que lo uses con el cornudo.
Del bolso sacó un paquetito con envoltorio de regalo y me lo entregó.
Deshice el lazo, rasgué el papel. Era una cajita. La abrí. Dentro había uno de esos tubos de castidad, hecho en metacrilato, para meter la picha de un tío y que no se le pueda enderezar y menos pajearse.
—Pónselo a ver cómo le queda —sugirió Inés.
—¿Aquí?
—Que pase al asiento del fondo y se viene alguien cúbrelo con la chaqueta.
Se sentó el cornudo en el asiento del extremo y se bajó pantalón y calzoncillo hasta debajo de la polla. Le ajusté la argolla del tubo de castidad detrás de los cojones, le metí la picha en el canuto, apreté los pivotes para que no pudiese sacársela, cerré el candado y me guardé la llave.
El cornudo se subió los pantalones e Inés y yo pasamos el resto del viaje riéndonos de él, sobándole la polla sobre el pantalón para hacerlo sufrir, besándonos y acariciándonos discretamente las tetas.
Llegamos muy calientes al hotel y en cuanto quedamos los tres solos en la habitación me llevé a Inés a la cama y nos besamos largamente.
Estaba subiéndole la falda para comerle el chocho cuando me dijo:
—Espera. Dale antes una paliza al cornudo que me pone mucho ver cómo lo hostias.
Sonreí y le metí la lengua hasta la garganta porque su idea me excitó a mí también más aún de lo que ya estaba.
Le ordené al cornudo que se desnudase y se pusiese a gatas en el suelo delante de la cama.
Obedeció.
—Pégale con esto —Inés me alargó un cinturón.
Como siempre los primeros golpes fueron flojos, pero al ver los botes del cornudo después de cada cintarazo, iba excitándome y aumentando la fuerza del golpe. Ya he dicho en otra ocasión que el simple hecho de abofetear a un tío ya me encharca el coño.
Esta vez, además, Inés, que se había tumbado en la cama, y se acariciaba el chocho también muy excitada, me animaba:
—Dale más fuerte que salte.
Soltaba los golpes sin piedad en el culo y la espalda del cornudo porque me estaban volviendo loca tanto sus botes en el suelo con el dolor de cada cintarazo como el ver a Inés que con la boca abierta movía ya la mano a toda velocidad sobre el chocho repitiéndome:
—Hóstialo más fuerte que me corro, hóstialo más fuerte que me corro.
Cuando se corrió con un grito que debieron de oír en medio hotel, tiré el cinto, le ordené al cornudo que se sentase en el sillón a los pies de la cama, y me puse en cuclillas sobre la cara de Inés para que me comiese el coño, del que caían gruesos goterones de flujo.
Luego me corrí yo también y, abrazadas y con la mano en la raja de Inés, nos quedamos dormidas con el cansancio del viaje y la satisfacción del deber cumplido.
Los cuernos de mi marido ya eran un poquito más grandes.

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