Te ofrezco mi champán,
reserva especial,
para que puedas brindar en estas fiestas.
¿Te apetece un traguito?
Dómina Kara


Volví la cabeza y constaté que Lisette ya no se hallaba en el cuarto. Solo estaba mi tía, pero ahora iba completamente desnuda. Se sentó en el sofá, me lanzó una mirada maliciosa y dejó a un lado un objeto de color negro. Era la minuciosa reproducción de un pene en erección. Las venas gruesas que lo recorrían de arriba a abajo, el pliegue del prepucio, el glande amplio e hinchado como una especie de nudo inmenso y los cojones, grandes como huevos, que colgaban como los testículos de un caballo.
regnado de vaselina me entraba, el dolor se hacía más y más vivo. Involuntariamente apreté el culo para detener el avance. Ella, que tenía mucha práctica, aflojó la presión y estuvo unos segundos inmóvil, jadeando. En el momento en que observó que los músculos se habían relajado, hizo un movimiento desabrido y violento y me hundió de golpe el enorme falo en la estrecha vaina de mi indefenso culo.
sto, a esto... ¡Ves cómo consigo abrírtelo... tu culito de chica!... Es delicioso, eh, guapa.... Dime que te gusta... Dime que te gusta esta polla enorme...
aba ya mucho más flexible y distendido.
Lisette era una auténtica viciosa. Al observar que la miraba, se acercó y empujó el pubis hacia delante hasta que apareció el sexo.
jaba el culo al aire.
ncia Lisette me pasaba la mano por las nalgas, extendiendo una pomada que calmaba el fuego que me devoraba el culo.
gas.
Contemplé horrorizado a mi tía. ¿Cómo podía calificar de caricias los insoportables azotes a que me acababa de someter?
i sexo no pudo evitar una erección. La situación la regocijó y comenzó a menearlo y sacudirlo. Poco después lo besó y se lo restregó por la cara de una manera deliciosa.
ro.
el agujero del culo.
Por orden de mi tía, de quien hablaré pronto con más detalle, me dispongo a escribir mi historia.
e obligará a un compromiso solemne, querido Armin. ¿Estás preparado para hacer la promesa que espero de ti y actuar siguiendo mis deseos?
riendo—. ¡Y qué culo tan prominente y redondeado! ¡Un verdadero culo de virgen!
era, te ayudaré... Es preciso que la colita quede así y después tiras enérgicamente hacia la cintura con el fin de que se ajusten bien en la grupa... Y ahora, ven hacia aquí —añadió acompañándome hasta el tocador.
Para convertirte en dominadora, querida, sólo es necesario temperamento y un mínimo de capacidad psicológica para saber reconocer a los sumisos, a los pelanas, a los bragazas, a los calzonazos a quienes podrás dominar y chuparles la sangre y el alma, además de la pasta, claro, que para eso están los tíos, para servir, para lamer y para pagar.
En muchos casos esto es superior a ellos porque intervienen mecanismos instintivos ante los que la voluntad nada puede. Influyen actos reflejos, y sobre esos actos reflejos, querida, es sobre lo que tú debes trabajar para anularlos hasta que el sumiso sea un pelele en tus manos capaz de vencer incluso sus ascos por complacerte.
do que le pegues dos o tres patadas en los huevos, que es un castigo siempre eficaz.
unque la lista cada sábado era más larga, seguí pagando sin atreverme a decir nada, y ello por dos motivos. Porque sabía que de hacerlo sólo serviría para ganarme unas bofetadas de Carmen y porque ella me parecía una mujer maravillosa y creía que era un privilegio que me permitiese pagarle la comida, limpiarle la casa (sobre todo su habitación) y planchar mucha de su ropa. Después de desayunar se marchaban para regresar sobre la una. A esa hora yo debía tenerles caliente la comida que habían dejado preparada y servírsela. Cuando acababan recogía la mesa y fregaba la cocina. Al terminar, si tenían ropa seca, debía planchar. Sobre las cinco, la madre de Carmen solía salir a casa de una hermana, que vivía unas calles más abajo. Ese era el mejor momento, cuando me quedaba solo con Car
men. Ella empezaba a repasar mi trabajo. Cada vez que encontraba polvo, algún rincón mal fregado o una gota de agua en los cristales se sentaba, me mandaba arrodillarme entre sus piernas y me daba media docena de bofetadas, cada día con mayor satisfacción. Otras veces me mandaba arrodillarme y me pegaba las bofetadas sin ninguna excusa, mientras se reía, y esto también era cada vez más frecuente (incluso lo hacía delante de su madre), porque decía que le gustaba ver la cara de gilipollas que ponía mientras me abofeteaba. A última hora, cuando estábamos solos y después de las últimas bofetadas, siempre me hacía comerle el coño, que lo tenía empapado porque aquella situación la disfrutaba y excitaba cada día más. Ese era mi gran momento, aunque a mí no me permitiese tocarme. Mis otros grandes momentos eran cada vez que ella iba al váter. Como la ventana de este daba al lavadero, yo me iba silenciosamente hasta allí para oír, igual que los primeros días, el chorro de su meada estrellándose contra el váter. Entonces tenía la fantasía de que ella estaba meando sobre mí o en mi boca, o en un vaso que luego me obligaba a beber, lo que yo hacía corriéndome de gusto.
n, significa que además de sumiso soy cornudo, pero no me importa porque adoro a mi mujer y creo que ella tiene derecho a follar con quien quiera y a ponerme los cuernos cuantas veces le dé la gana, que son muchas porque es joven y caliente, así como creo que sus amigos y amigas tienen derecho a burlarse de mí y a llamarme cornudo sin disimular las risas. Yo me conformo con que mi mujer me permita de cuando en cuando lamerle el culo, que es mi mayor placer y también el suyo.
rón, íntima y cerrada, el ano adorado que tiene una piel olorosa y suavísima. Siento en mis labios las pequeñas rugosidades y la carne de gallina que el intenso placer le pone a mi ama. Paso repetidamente la lengua desde el coño por todo el canal trasero y luego, abrazando sus muslos, mi lengua penetra dentro de su ojete chupando y lamiendo y llenándome la boca de un sabor exquisito que sólo los sumisos sibaritas sabemos apreciar. Un sabor y un olor que el sudor de mi ama potencia hasta hacernos enloquecer a los dos.
e dice para diversión de las amigas que nos miran—. Venga, chúpala, saboréala.
e del mío, me armé de prismáticos y cada mañana me hacía una manola espiando sus tetas firmes y voluminosas, su culito respingón y su pubis semiafeitado. Tendría unos treinta años y estaba bien tirando a muy bien. Aparte de este conocimiento «visual» jamás había tenido ninguna otra relación con ella.
aba, me colocó delante de las puertas correderas que daban al balcón y abrió de par en par las cortinas exponiéndome en bragas y maquillado de nena a la vista de cualquiera de mis vecinos que pasasen ante las ventanas. Instintivamente incliné la cabeza cuanto pude para que no pudieran verme la cara y la polla se me encogió con el canguelo. Oí cómo se cerraba la cortina y casi al instante una mano me tiraba violentamente del pelo obligándome a echar la cabeza hacia atrás.
bio de escena.